El paisaje de Babia lleva cinco mil años siendo moldeado por pastores. La ciencia ha venido a contarlo

Hay una pregunta que los visitantes de Babia casi nunca se hacen cuando contemplan sus praderas abiertas, sus hayedos en los bordes de los valles y la silueta limpia de sus puertos de montaña: ¿quién hizo este paisaje? La respuesta no es la lluvia ni el viento. Es el ganado. Y, detrás del ganado, siempre hubo un pastor.

Esa pregunta lleva años guiando el trabajo del arqueólogo David González-Álvarez y su equipo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC (INCIPIT), con sede en Santiago de Compostela. Desde 2017, cada verano, un grupo de investigadores sube a los puertos de los municipios de Cabrillanes y San Emiliano para excavar en las majadas de altura: los asentamientos estacionales donde durante siglos —y milenios— los pastores pasaron los meses de verano con sus rebaños. Lo que han encontrado ha reescrito la historia de esta comarca.

Hasta la fecha, el equipo ha identificado más de 32 estructuras pastoriles repartidas por tres áreas: La Cueta y Torre de Babia, en Cabrillanes, y Torrestío, en San Emiliano. Los vestigios más antiguos se remontan al III milenio antes de Cristo, el Neolítico final: hace cinco mil años ya había pastores subiendo a estos puertos. La secuencia no se interrumpe prácticamente hasta el siglo XX, con la única ausencia de la Edad del Hierro y la época romana, cuya huella el equipo sigue buscando.

Pero las excavaciones no solo revelan antigüedad. Revelan diversidad. El estudio de los materiales hallados en cada asentamiento permite reconstruir no solo cuándo estuvieron ocupados, sino de dónde venían los pastores que los habitaban. En campañas recientes, los investigadores han localizado evidencias de trashumancia de largo recorrido en época tardorromana (siglos VI-VII d.C.), con hallazgos que apuntan a pastores procedentes de Salamanca y el norte de Extremadura. La Babia que conocemos —el destino estival de los grandes rebaños de merinas de la Mesta— tiene raíces mucho más profundas de lo que la historia documentada permite ver.

El paisaje no se entiende sin quienes lo hicieron

Uno de los argumentos centrales del trabajo del INCIPIT es tan sencillo como a menudo ignorado: el paisaje que hace atractiva a Babia para el turismo, la fotografía y la conservación medioambiental es un paisaje construido por la actividad ganadera. Hace cinco mil años, los bosques caducifolios típicos de la Cordillera Cantábrica cubrían estos valles. Fueron los primeros pastores quienes empezaron a roturarlos para alimentar a sus animales. Las praderas que hoy vemos —y que sustentan la biodiversidad de la Reserva de la Biosfera— son el resultado acumulado de ese trabajo milenario.

Sin pastoreo, el proceso se invierte. El matorral avanza, los pastos se cierran, la biodiversidad cae. No es una hipótesis: es lo que ya está ocurriendo en las zonas de Babia donde la actividad ganadera ha retrocedido en las últimas décadas. La ciencia y la ganadería tradicional coinciden aquí en el diagnóstico: sin pastor no hay pasto, y sin pasto no hay paisaje.

Un proyecto europeo con Babia como laboratorio

La investigación arqueológica del INCIPIT en Babia se enmarca desde 2024 en un proyecto europeo de mayor alcance: Cultur-Monts (Valorización de los Paisajes Culturales de Montaña: un recurso de desarrollo territorial sostenible), financiado por el programa Interreg SUDOE con fondos FEDER. El consorcio reúne a diez entidades de Francia, España y Portugal, coordinadas desde el Institut Català d’Arqueologia Clàssica (ICAC), y tiene como objetivo diseñar modelos innovadores de gestión territorial que puedan frenar el declive demográfico y económico de las zonas rurales de montaña del suroeste europeo.

Babia es uno de los territorios piloto. Y no por casualidad: pocas comarcas en la Península ofrecen una continuidad de ocupación pastoril tan larga y documentable, ni un contraste tan claro entre la riqueza del legado histórico y la fragilidad socioeconómica del presente.

En el proyecto Cultur-Monts participan, junto al INCIPIT-CSIC y la Reserva de la Biosfera de Babia, los Ayuntamientos de Cabrillanes y San Emiliano y el Museo de los Pueblos Leoneses de la Diputación de León. Esta colaboración entre ciencia, administración local e instituciones culturales es, en sí misma, parte del modelo que el proyecto quiere ensayar.

El problema del relato

Hay una tensión que el equipo del INCIPIT ha identificado en Babia —y que reconocen en muchos otros territorios rurales europeos— y que va más allá de la arqueología. Cuando el turismo crece en zonas como esta, los relatos que lo acompañan tienden a enfatizar los valores naturales y estéticos del paisaje: la montaña, la fauna, la luz. Pero rara vez mencionan a las personas que lo crearon ni a quienes siguen manteniéndolo con su trabajo cotidiano.

El resultado es una paradoja incómoda: el ganadero cuyas vacas mantienen abiertos los pastos que el senderista viene a fotografiar no se reconoce en las narrativas del territorio que habita. Y en muchos casos vive la llegada del turismo —y la extensión de los espacios protegidos— como una intromisión, no como una oportunidad.

Cultur-Monts apuesta por cambiar ese relato desde su raíz, poniendo la experiencia y el conocimiento de quienes habitan el territorio en el centro de la narrativa patrimonial. La arqueología se convierte así en una herramienta de reconocimiento: demostrar que el paisaje que hoy se visita y se protege es inseparable del trabajo de los pastores que lo hicieron y que siguen haciéndolo.

Una alianza que Babia Escuela de Pastores quiere cultivar

Para la Reserva de la Biosfera de Babia y para la Escuela de Pastores, el trabajo del INCIPIT-CSIC no es solo ciencia: es un argumento. Cada evidencia arqueológica de ocupación pastoril milenaria en nuestros puertos refuerza lo que llevamos años defendiendo desde la práctica: que el pastoreo no es una reliquia del pasado, sino una herramienta activa de conservación, de identidad y de desarrollo rural sostenible.

La colaboración con el equipo del INCIPIT presente en el territorio es una de las líneas que queremos consolidar en los próximos años. Porque si algo nos está enseñando la Escuela de Pastores es que el saber científico y el saber del pastor se necesitan mutuamente. Y que en Babia, más que en ningún otro sitio, el pasado tiene todavía mucho que decirle al presente.